domingo, 7 de agosto de 2011

VOLVERSE OTRO


VOLVERSE OTRO, EL CASTIGO DE TIRESIAS

La simulación es un escudo, como el secreto de una armadura
Lord Chesterfield

There ain´t no other way, baby, I was born this way. I was born to be brave.
Lady Gaga

Por Avelina Lésper

La imagen que encarnamos es resultado de un proceso doloroso, deliberado y consecuente. La realidad es que somos lo que podemos, no lo que queremos. Con la máscara surge la posibilidad de la trasformación, de la prolongación, de esa encarnación que nos invita a ser algo más y que nos aleja de la realidad.Volvernos Otro nos libera, desata y nos exhibe: eres lo que ocultas. La educación la sociedad, las costumbres, las siempre irracionales tradiciones, la imposición de mitos monoteístas como ética regulatoria y esclavizante, nos obligan a conformar una imagen, que trabajamos y padecemos, hasta que decidimos llegar al límite y rompemos con ella, abiertamente o en el flujo libertino de la clandestinidad. La máscara es una transformación catártica, revulsiva, purificadora, nos permite ser, y paradójicamente, ilumina la escencia más auténtica de nosotros. El disfraz nos representa nos crea un sitio donde estar. El velo de Isis cubre conocimientos profundos, rasgarlo es entrar de golpe en misterios que tal vez no estamos preparados para comprender, esta promesa nos incita a usarlo, a cubrir nuestra imagen y ocultar lo que hay detrás. Tenemos que conservar ese velo y reinventarlo, es el vehículo que nos llevará lejos, es la liberación, volvernos otros nos permite crear un personaje que va más allá de esta limitada y siempre castrante cotidianeidad. En el siglo XVIII los reyes libertinos y absolutos se revolcaban en la cama pestilente y enferma del pueblo con un antifaz de encaje puesto delante de los ojos, fornicaban y gobernaban embriagados por los olores de los burdeles. María Antonieta, que naufragaba en un matrimonio cruel sin más apetitos que los de la mesa, se internaba en los callejones de la más sórdida atmósfera, con la delicadeza de un antifaz a juego con la tela de su ropa íntima. Con el antifaz la nobleza se encarnaba de lo que realmente era, una estirpe adicta al placer. No rasguemos el velo, vivamos el misterio, volvernos otro de la mano del arte, seamos nuestra propia leyenda y como Tiresias viajemos de un sexo a otro, de un nombre a otro, de placer en placer, cambiemos de religión, creencias y apariencia, y que ese riesgo nos lleve a la agonía, a la sabiduría, al enui de los romanos.



El arte, la creación es la oportunidad de Volverse Otro. El que crea se transforma, deja que sus emociones fluyan a lado de las ideas y materializa e inventa mundos muchas veces antagónicos a su propia realidad. Esta encrucijada es la que podemos presenciar en la reunión de obras de pintores con un gran oficio, conocedores, virtuosos de su trabajo, artistas con quehacer concreto, que evolucionan y toman riesgos, alejados de la comodidad insípida y mediocre del arte de nuestros días. Estos pintores investigan en el enigma de Volverse Otro, en diferentes circunstancias: por decisión, rebeldía o fatalidad. Ser distinto, hasta en la desnudez más evidente.

Arturo Rivera, como vicioso de la máscara, no pinta seres de verdades superficiales, el inventa personajes, la muerte o la furia los lleva fuera de sí mismos. En la Cabeza de San Juan Bautista, el maestro hace del despojo otro ser y del cambio de naturaleza otra historia. La cabeza de una liebre sobre un espejo de su propia sangre, vuelve otro a San Juan, lo convierte en un animal sacrificado por sus virtudes y necesidad indiscretas ¿desde cuándo es necesario delirar a gritos, si se puede en susurros y al oído? Rivera de pincelada sabia y color definitivo, no duda, impone y acierta con esta transformación que arroja a Salomé a la locura de sacrificar liebres para encontrar la paz.
Gustavo Jaimes recrea el altar de la inmolación en lugar sereno y humano, de la máscara de la inocencia, un cordero, nos recuerda que el castigo nunca es injusto, porque todos somos culpables de algo. Obsesionado con las penumbras y luces del Caravaggio saca del reflejo de la piel, el frío sudor del miedo. Los músculos de la víctima se resisten, en el cuello una cinta roja guía el golpe del verdugo, la cabeza se entrega, sede. La luz cae sobre el cuerpo que es expulsado por el fondo oscuro. La víctima se transforma en su ritual.
Los nuevos terroristas no arriesgan la vida, no llevan bombas atadas al cuerpo, son economistas ricos y sofisticados que cometen golpes de estado desde la comodidad de su oficina. Rocío Caballero los confiesa con máscaras de cerdos, los cubre de su inmunda esencia para decirnos quiénes son. El talento de caballero está en la siempre impecable resolución de sus escenas, hace del color esgrafiado, tallado, una emoción, un drama. Los personajes que salen de su pincel no son libres, están predestinados a relatar sus insanas aventuras.
El desnudo encubre, el disfraz desviste. Olga Chorro, anatomista observadora, crea un traje con la piel, delicioso y táctil. Adán con sus genitales expuestos sostiene una máscara, existe a través de ese rostro artificial. Hará evidente su desnudez con esa careta, si el rostro está oculto el sexo es placer, no vergüenza o procreación. Chorro domina su medio como un lenguaje, habla con su obra, se concentra en el color de la piel y el equilibrio del cuerpo. Los tonos de la pared del fondo, desvaídos, matizados, enclaustran, hace monacal al castigo de saberse carnales y débiles.
La muerte nos vuelve otro, contrae nuestros músculos, hincha los órganos, pudre el olor. Esa transformación repulsiva borra de la memoria nuestro anterior estado, quien ve a un cadáver nunca ve al que era, presencia el triunfo y la venganza de la materia. Alejandro Montoya analiza el deterioro con obsesión, y lo dibuja con una maestría inusitada, enfermiza. Su dibujo es un acercamiento filosófico a la no vida, a lo que inicia cuando ya no hay palpitaciones en el corazón. Sabe que el modelo no se revelará, y que el cambio lento, sucederá para su lápiz.
La escena apocalíptica de Javier Avilés sucede dentro de una perspectiva, en una calle que se prolonga por la geometría. Estos muros presionan a una piltrafa que contrahecho se lamenta de su miseria. Pintura limpia, esencial, azul, ocre y dorada, las paredes se empapan de la luz fugaz de la tarde. Avilés persigue un instante del color que no existe en la vida, existe en su paleta, en su recuperación de la imagen que nos queda del pasado. La luz ilumina el espacio, pero sucede en el tiempo, evoluciona, Avilés la atrapa.
José María Martínez busca en el blanco y en su brillo el deslumbrante fogonazo del zinc. La deformidad congénita de la pequeña es su máscara, un ojo ciego. Tiene una careta para protegernos a nosotros de verla, no para ella, ella hace de nuestros miedos su disfraz. La piel de la niña es un contraste desgarrador con el azul del muro, y la ropa blanca, enceguecedora, es el ojo ciego en la ropa, la pared, en la luz. La piel hinchada y fresca, invitante al tacto, es una trampa para mirarla. José María se burla de la belleza, no la respeta, para él lo bello es dominar el pincel, mira y recrea una naturaleza insolente y cruel.



El futuro no promete, amenaza, la ciencia nos da más vida y se divierte con sus triunfos. Maritza Morillas hace de la investigación la puerta para volverse otro. El Pigmalión de la ciencia es un dios auto nombrado. Ante un animal muerto, un pollo despumado, descompuesto, el investigador se enmascara para no percibir el olor de la putrefacción. Máscara anti gases y azules que destacan la carne amarilla, rosa y sanguinolenta del pollo, las manos amenazantes en alto a punto de desmembrar lo que queda de ese ser.


El verdugo en siempre otro, nunca el que vemos. Juez, santo, ídolo. El verdugo de Rodrigo Cifuentes es un puritano. Está a punto de quitarse la capucha blanca, de despojarse de todo su poder, esa máscara lo hace invulnerable, sus decisiones son inapelables. Él es el emblema de la santidad más arrogante y cruel. Las sombras son el color, el volumen, la definición de esta escena. Las tonalidades cremosas se separan gracias al dominio que Cifuentes tiene de su concepto del contraste. Si la sombra da la vida, la ocultación da el poder.
Un retrato que no deja un minuto de descanso, los azules y rojos se agolpan para que el rostro sin nombre surja en el lienzo. Con pinceladas enfáticas y resueltas, Paulina Jaimes da vida a un hombre que no está, sueña, viaja, alucina... La energía de su pintura, entre violenta y apasionada hace del modelo un objeto de adoración y de su presencia un fetiche. Es una narrativa, que podría ser epistolar, un monologo sobre lo que inventa, lo que recuerda o evoca de un hombre. La textura de la superficie que impone a la piel, el cabello, es obsesiva, perturbadora, No se limita a retratar, lo desfigura, lo reinventa con maltrato.
El héroe rompe con sus propias limitaciones, reta a la sociedad y se vuelve otro, alguien admirable, imitable, legendario. En el patio de una vecindad un luchador carga orgulloso a un niño, son casi del mismo tamaño, pero la presencia de la máscara, del cinturón de campeón. le otorgan grandeza épica, el escenario cotidiano se transforma, es monumental, contiene las proezas del luchador, una ópera podría suceder ahí mismo. Jonathan Gómez, pintor minucioso, ensimismado con cada pincelada, hiperrealista en técnica, pero de narrativa imaginaria, exultante. Lo singular y lo simple, se convierte en extraordinario.





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